El Hombre Vacío
Howard Lee se ha convertido en uno de los más reputados sanadores norteamericanos del momento y sus conocimientos sobre la manipulación energética parecen no tener fin. Las excelencias de su nuevo sistema curativo, La Luz de la Vida, han cautivado a centenares de personas por su poder regenerativo y transformador. Los que lo conocen describen a Howard Lee como un hombre capaz de abrir las puertas a una experiencia inolvidable, más allá de las palabras.
“Un proverbio chino dice: un día con un sifu es equivalente a un padre para toda la vida. Howard Lee es esa clase de sifu: un maestro y un guía hacia la luz. Estoy orgulloso de haber sido uno de sus estudiantes” --- Carlos Castaneda
Confieso que no se lo puse fácil. Que en la ciudad de Los Ángeles, la que posiblemente registra el mayor número de gurus, movimientos alternativos y practicantes de las más diversas propuestas espirituales del momento mencione el nombre de un sanador que obra “milagros”, es demasiado frecuente como para tomárselo en serio. Y si esa persona es además “el sanador del momento”, cuyas excelencias corren de boca en boca, el temor a encontrarse con otro “producto” arropado por un eficaz marketing se incrementa. Eso es precisamente lo que a primera vista parecía definir la figura de Howard Lee: posiblemente uno de los más sofisticados maestros de Kung Fu interno de nuestro tiempo, el hombre del milagro, el médico de la energía, como lo describen las numerosas personas que han tenido la fortuna de ponerse en sus manos. Demasiado bueno para ser verdad.
Solamente cuando repasaba la documentación sobre su trabajo con el fin de preparar la entrevista que nos había concedido, empezaron a revelarse algunos aspectos de su trayectoria cuando menos poco convencionales. De origen chino pero residente en Estados Unidos desde que era un adolescente, el maestro Lee se había formado junto a una figura mítica del Kung Fu, el profesor Low Ben, y había aprendido acupuntura de la mano de uno de los más importantes pioneros y divulgadores de este arte milenario en Occidente, el doctor Kim Ju. Bajo el auspicio de estos dos pesos pesados, Howard Lee se había dedicado, durante más de 25 años, a la enseñanza del Kung Fu y a la práctica de la acupuntura, atendiendo a centenares de personas. No había concedido entrevistas durante todo ese tiempo ni había participado en ningún tipo de actividad promocional, pese a lo cual su fama no había hecho sino incrementarse.
La suya había sido una labor callada que ahora entraba en una nueva etapa de promotores y cursos multitudinarios que le están permitiendo divulgar sus conocimientos a un mayor número de gente, pero que por supuesto también tiene un precio, y no solo económico. Howard Lee se ha convertido en alguien famoso, y he de reconocer que sentía cierta curiosidad morbosa por saber cómo le habría afectado personalmente un ascenso tan meteórico.
Pero la historia de Howard Lee tiene sin duda momento de inflexión, que para él llegó en el año 1975. Acostumbrado a recibir entre sus alumnos a un buen número de personas relacionadas con el mundo de la cultura, y como buen “chino”, amante de la discreción, Howard Lee no supo que entre sus entusiastas aprendices se encontraba el elusivo y misterioso Carlos Castaneda. Y hubiera seguido sin saberlo si no hubiera sido porque Castaneda, en esa fecha, le dedicó el libro El fuego interno con elocuentes palabras: “Quiero expresar mi admiración y gratitud hacia el maestro Howard Lee, por ayudarme a restaurar mi energía y enseñarme un camino alternativo hacia la plenitud y el bienestar”.
“Es gracioso nos confesaría más tarde Howard Lee- que la gente no se crea que cuando Carlos Castaneda vino a mi, y eso fue en 1974, yo no tenía ni idea de quién era. No siento ese tipo de curiosidad por la vida de las personas que entran en contacto conmigo. Él sufría un problema de salud, y yo le ayudé a recuperarse. Después se quedó como estudiante de Kung Fu durante varios años. Cuando publicó “El fuego interno”, él mismo vino a traérmelo. Yo me sentí un poco avergonzado, porque no estaba obligado a hacerme ese reconocimiento. Luego leí sus libros y quedé impresionado. Había entre nosotros muchos puntos en común, pero la suya era una tradición muy distinta de la mía.”
Lo cierto es que los elogios de Castaneda atrajeron a personas de todo el mundo hasta su consulta, y que ya entonces quisieron “exportar” su figura a otros países. Pero Lee se negó: “Estaba totalmente involucrado en la práctica de la sanación explica- y todavía no había terminado de perfilar el sistema con el que podía enseñar a la gente a conectarse con la energía. Empleé mucho tiempo en determinar las formas de acceder a ese conocimiento y realmente nunca estuve interesado en cosas como la fama o la fortuna”.
Del vacío al recuerdo
Howard Lee nos recibe en sus oficinas da Santa Mónica, un lugar acogedor y sobrio en el que lleva a cabo sus habituales sesiones de sanación. Es un hombre atractivo, de mirada inteligente y complexión pequeña pero sumamente robusta, dotado de esa flexibilidad especial que caracteriza a los practicantes avezados de Kung Fu. Sus rasgos orientales esconden una edad indefinida, camuflada en un cuerpo extraordinariamente joven y vital. Irradia optimismo y seguridad y camina con ágiles zancadas que apenas rozan el suelo. Lleva el Kung Fu tan incorporado en sus miembros que se diría que incluso cuando se recuesta cómodamente en el sillón de su despacho sigue practicándolo. “Durante muchos años -explica- he trabajado intensamente esta disciplina, pero ahora ya no necesito hacerlo. Mi cuerpo está a punto. Es como una espada que tienes que templar al fuego golpeándola mil veces. Pero una vez que está terminada, ya no tendrás que hacerlo más. Eso es lo que me ha ocurrido y lo que me permite que en estos momentos esté embarcado en otros procesos.”.
Tiene una sonrisa cautivadora a la que recurre continuamente, y habla por los codos. Es un excelente conversador que consigue crear casi de inmediato un clima de confianza a su alrededor. Aunque no alardea de sus conocimientos, que presenta de una forma llana y simpática, sin duda domina los secretos de la energía como solo un chino puede hacerlo, y es además sumamente preciso en sus descripciones, con las que trata de abarcar un universo para la mayoría intangible, pero que escuchándole se diría que para él resulta tan familiar como sus ejercicios diarios de Kung Fu: “La gente busca enseñanzas, un maestro que les guíe, alguien que lo sepa todo. Pero nadie lo sabe todo en términos de energía, ni en términos de la realidad cotidiana. Tenemos talentos diferentes y este es el mío. Nunca había concedido entrevistas hasta ahora porque no había sentido la necesidad de compartir lo que sé, y es la propia energía la que ha hecho posible que las cosas estén cambiando. Pero no impongo mis puntos de vista a nadie. La gente llega a mí con sus propios patrones de pensamiento, sus criterios. Nada de eso importa. Cuando esas personas experimentan directamente la energía, todo el proceso adquiere sentido para ellos. No es algo racional. Es mucho más poderoso...”.
El “cambio energético” que está haciendo posible que Howard Lee abandone su reducto de Los Ángeles, haya viajado recientemente a Roma para impartir algunos cursos, y vaya a hacerlo el próximo mes de noviembre en Barcelona, tiene mucho que ver con el propio proceso personal de Lee, que él define como un “progresivo recuerdo”. Este es quizá el aspecto más esotérico de su persona, y cuando intenta explicárnoslo mira al cielo buscando las palabras adecuadas con las que transcribir una experiencia difícil de catalogar: “Verás, el sistema de sanación que utilizo es algo totalmente mío, no lo he estudiado con nadie. De repente me planteo preguntas relacionadas con la sanación, con el uso de la energía, y entonces, de la forma más sencilla posible, acuden a mi mente las respuestas. Es como si las recordara, como se recuerda la música. Busco algo y obtengo una respuesta. Y en cierto momento, también recordé, no sé cómo explicarlo, recordé el modo de compartir ese conocimiento con otros. De modo que comencé a hacerlo, sin condiciones. Bueno, ellos invierten su tiempo y su dinero, pero solo necesitan hacerlo una vez. A partir de entonces ya saben cómo aplicarlo a su vida diaria y beneficiarse de esta energía para la curación o transformación. No es algo nuevo, pero yo lo estoy presentando en esta realidad, en estos momentos, y en ese sentido sí que es nuevo”.
Ha llamado a su nuevo y personal sistema de sanación “La Luz de la Vida”, un sistema que insiste- no ha aprendido de nadie sino que ha salido de su propio silencio interior: “La mayor parte del tiempo la gente está pensando, pero en mi caso, a menos que me ocupe en algo determinado, mi cerebro está vació, como un ordenador apagado. Hay personas que han probado distintos tipos de meditación, pero no logran alcanzar el silencio, porque el silencio se vuelve solo asequible cuando tenemos la suficiente energía. Y a partir de ese estado de silencio es cómo accedemos a otras formas de información, a una especie de biblioteca universal. A los 19 años mi cerebro aprendió a quedarse vacío, y desde entonces comencé a acceder a informaciones de tipo energético”.
Una vez y para siempre
Dicen que está dotado de una innata capacidad para la sanación y que ha adecuado su entrenamiento y habilidades naturales al objetivo de transmitir energía de una forma sencilla y directa, creando para ello patrones de movimientos que promueven la salud. Cuando alguien los ejecuta, sea como enfermo o como estudiante, los movimientos incrementan el poder autorregenerador del organismo, de modo que pueden ser utilizados como complemento a otras terapias más convencionales. “No rechazo la medicina convencional afirma- ,la única objeción que le pongo es que a veces no está al servicio de los pacientes como debiera”.
Los testimonios de la efectividad de su propuesta son numerosos. El psicólogo John Solby, autor de del libro Conciencia Curativa y Kundalini, ha reconocido a Howard Lee como “uno de los escasos sanadores verdaderamente trascendentales de nuestro tiempo, un activo representante de una nueva energía curativa, capaz de provocar no solamente una rápida recuperación física, sino también una transformación emocional y espiritual. Para algunos de nosotros, recibir de él la curación energética es una auténtica bendición”. Y no menos parca en elogios se ha mostrado la conocida crítica de arte estadounidense Arnalia Mesa-Bains al afirmar que “el maestro Lee ofrece a cada persona la posibilidad de reorganizar su energía mediante procedimientos que son al mismo tiempo sanadores e inspiradores. No solo me ayudó a superar una grave enfermedad, sino más importante todavía, me ayudó a potenciar mi espíritu creativo”.
Pero lo verdaderamente sorprendente de su sistema no es que esté avalado por numerosas personas de prestigio, sino la sencillez e inmediatez del proceso que Lee llama “inducción energética”. Tanto él como sus muchos seguidores coinciden en que basta acudir a uno solo de sus seminarios para conseguir conectar con la energía. ¿Sospechosamente fácil?. No es esa la opinión de Lee: “Comprendo que pueda suscitar dudas, pero mi aproximación a la energía es diferente a otras fórmulas más tradicionales. En mi opinión, a la hora de manejar los distintos sistemas energéticos nadie ha logrado prescindir totalmente de trivialidades en términos de interpretación, gestos o movimientos. Pero cuando nos enfocamos en la técnica, todo el proceso se llena de elementos extraños. ¡Se trata sólo de energía!. Yo soy capaz de proporcionar ese acceso, de crear el campo energético necesario para que la gente conecte con la Luz de Vida. Y a partir de entonces ya tendrán acceso por sí mismos, para toda la vida. Las personas que han asistido a mis seminarios pueden atestiguarlo. Es algo realmente poderoso, más allá de la razón”.
Los beneficios de la técnica parecen no tener fin: equilibrio, salud, creatividad, rendimiento, vitalidad, longevidad y una larga lista de logros personales que sus alumnos afirman haber conseguido. “Bueno, por supuesto hay límites reconoce su creador- Por ejemplo, si alguien sufre una enfermedad infecciosa, acceder a su cuerpo energético es más complicado que si está sano, pero esta energía le ayudará a restablecer el sistema inmunológico y completar su curación. Lo hemos probado con éxito en procesos postoperatorios, dolores crónicos, problemas neurológicos y respiratorios, disfunciones sexuales, desórdenes emocionales y otras muchas enfermedades. Es esta eficacia la que hace que tantos profesionales asistan a los seminarios”.
Al menos en él sí parece haber funcionado. Howard Lee ha dejado hace mucho tiempo de ser cronológicamente joven, pero sigue siéndolo vitalmente. Su cuerpo es su mejor testimonio. “No es necesario hacer ejercicios tediosos sugiere con picardía cuando le comentamos su óptimo aspecto físico-.Simplemente nos nutrimos de esta energía, de esta fuente de vida. Los chinos decimos que una persona envejece a medida que se va perdiendo la conexión entre su cuerpo físico y su cuerpo energético, y esto lo provoca una carencia de energía. En torno a los 50 años la gente comienza este proceso de pérdida y su cuerpo energético pierde la cohesión, se expande, y continúa haciéndolo hasta que se colapsa. Mis alumnos han podido comprobar que el contacto con esta energía invierte el proceso, algo cambia en su cuerpo. Cuando salen de una sesión parece que se han hecho un lifting...”
Su confianza en su sistema le hace afrontar sin miedos su próximo viaje a Europa: “El idioma no es problema; el pensamiento racional tampoco lo es”. Ha sido generoso con el tiempo y abandonamos su oficina de Santa Mónica con la sensación de haber conocido a alguien realmente interesante. Queda fuera de nuestro alcance confirmar la validez de un método que no hemos experimentado, aunque sean demasiados los testimonios entusiastas como para ignorarlos. Su presencia, y eso si hemos podido atestiguarlo, crea una atmósfera de serenidad y abre todo un mundo de posibilidades insospechadas. “Si un individuo normal fuera capaz de alcanzar unos pocos segundos de silencio total nos dijo en un momento de la entrevista- podría hacer cosas verdaderamente milagrosas, inconcebibles”. Él, que afirma estar vacío, debe saberlo.
La Inducción Energética
Sólo es necesario intentarlo. El resto lo pone Howard Lee, quien describe la experiencia de inducción energética como “un proceso inmediato” en el que el alumno únicamente tiene que abrirse y experimentar el campo energético creado por él. Después, cada persona interpretará su vivencia de forma diferente: los hay que dicen haber modificado su carácter o mejorado su salud; otros registran nuevas sensaciones corporales y los más sensitivos pueden incluso captar diferentes fenómenos energéticos. Pero nada de eso importa.
Para el maestro Lee, incluso los patrones de movimientos, que resultan muy sencillos y apenas duran unos segundos, son accesorios, de modo que quienes tengan problemas de movilidad corporal pueden igualmente beneficiarse de la inducción. “La energía es muy simple”, asegura Lee, que se ha esforzado por impregnar de esa sencillez todo su trabajo. “No necesitas creer. Permite simplemente que esta energía te afecte y habrás encontrado un instrumento para mejorar tu vida, tu salud y tu creatividad. Con la energía todo es fácil e instantáneo; de hecho, lo que más tiempo toma es atender a las demandas de nuestra mente racional, que es la que exige explicaciones sin fin”