Como The Light of Life me ayudó
con mis problemas de peso
Luché durante ocho años con un problema de peso que empezó en mi primer año de estudiante en el “college”. Sentí que estaba condenada a huevos duros y a horas de ejercicio diario para el resto de mi vida. Yo conozco el infierno que supone el comer emocionalmente. Recuerdo la necesidad de satisfacer mis sentimientos con interminables viajes a la nevera, a veces con solo unos segundos de diferencia, de un modo casi inconsciente. Ojalá alguien pudiera eliminar el vínculo entre mi boca y mi mano. No era más que un palmo, pero suponía el hábito de toda una vida, difícil de romper. Hubiera dado cualquier suma de dinero para poder ser libre.
A los veinticuatro años me trasladé a Los Ángeles. Mi peso subía y bajaba entre dos y nueve kilos más o menos cada dos meses. Los eventos de mi vida empujaban mi ya inestable patrón de alimentación hacia una espiral descendente. Esto no era saludable. Fortuitamente alguien me habló de un hombre llamado Howard Y. Lee.
Crecí en un suburbio de Chicago. Mi familia se había educado en una “Ivy League” y era muy conservadora. La terapia estaba considerada “ahí fuera”. No tenía ningún indicio de lo que era un sanador energético. Fui a la consulta del Sr. Lee esperando encontrar pollos muertos colgando del techo y a un hombre vestido con algún tipo de traje tribal danzando alrededor del fuego y cantando encantamientos. Me alivió encontrar una oficina agradablemente decorada y ser recibida por un hombre muy elegante. El Sr. Lee no me tocó ni una sola vez; ni tampoco dijo mucho. Dejé su despacho sintiéndome como si estuviera bebida, aunque no tomé nada. Llegué a mi casa esa tarde y empecé a dar un mordisco a un dulce y paré... Esto no había pasado nunca antes. ¡El empuje había sido dado!. Realmente lo solté y luego lo guardé. Podía verlo todo claramente. Era capaz de ver el pasado en ese momento. Él había suprimido ese palmo. Esto era mágico.
En charlas posteriores con el Sr. Lee, le pregunté que porqué, si somos seres humanos inteligentes y racionales, que sabemos que no hay que comer o beber demasiado, tomar drogas, chismorrear o cualquiera que sea el vicio que uno pudiera tener, lo hacemos una y otra vez. Y él me respondió con una analogía. Me dijo que teníamos muchos caminos que podíamos tomar en la vida, como si fueran vías de tren. Lo que el Sr. Lee hacía era limpiar las huellas, las vías que nos alejan de nuestro curso. Esto nos ayuda a ver claramente de arriba a abajo. Es como estar por encima de un laberinto; uno puede ver el mejor camino a tomar.
Después de que la necesidad de satisfacer mis emociones con comida fuera eliminada, me sentí completamente helada respecto a lo que tenía que hacer ahora. Tenía toda la libertad; aparentemente demasiada libertad, tras haberme restringido a mí misma por tanto tiempo. No recordaba cómo comer. Todo lo que conocía eran calorías y gramos de grasas. Durante mucho tiempo había estado siguiendo cierto tipo de idea según un programa dietético acerca de qué y cuándo debería comer. Por un poco experimenté comiendo sólo cuando tenía hambre física. Cuando le hablé a Mr. Lee de mis experimentos, él respondió con una risilla y me dijo que yo podía comer lo que quisiera y cuando quisiera, tanto si tenía hambre como si no; siempre y cuando no abusara del privilegio (no atiborrarme). Hasta que no estuve libre durante cierto tiempo de la necesidad de llenarme, no me afiancé todavía en una confianza completa, ni dejé ir todas las programaciones previas que dominan por completo en este país en cuanto a los hábitos alimenticios de los americanos. Cuando me encontré a mí misma teniendo que mover toda una casa en un corto espacio de tiempo, fue entonces cuando finalmente el Sr: Lee me aconsejó hacer un registro. Estuve demasiado ocupada para pensar qué comer, y comí cuando la comida estaba disponible. Cada vez que un pensamiento de comida empezaba a venir a mi cabeza, imaginaba que lo apartaba gentilmente lejos de mi. Hice esto durante dos semanas, y entonces ocurrió; pensamiento y acción se hicieron una sola cosa. Literalmente, empecé a sudar grasa por la noche. Era como si mi cuerpo no pudiera deshacerse del peso extra que llevaba de modo suficientemente rápido. La gente me preguntaba qué era lo que estaba haciendo. Cómo es que yo perdía tanto peso aparentemente durante la noche. Me sentía feliz de decirles que no estaba haciendo nada. Estaba comiendo cuando quería y lo que quería (usualmente dulces). No me estaba aferrando a ninguna idea acerca de la comida.
Como muchos otros, yo estaba buscando respuestas. Tras haber experimentado la energía del Sr. Lee comprendí completamente cómo pensamiento y acción son una sola cosa. Esta claridad, comprensión e iluminación ha permeado cada aspecto de mi vida. He sido capaz de hacer una transformación auténtica. Ya no más soy otra cabeza parlante. He leído numerosos libros, todos de autores muy entendidos, pero me parecían meros poetas de lo que la energía del Sr. Lee encarna. Él es capaz de explicar las cosas libres de superstición y dogma. El Sr. Lee es la personificación misma de la integridad y la gracia. Estoy muy agradecida por conocerle. Tras solo unas sesiones el Sr. Lee me dijo que ya estaba bien y que ya no necesitaba más sesiones con él. A lo largo de los años he enviado amigos, familia e incluso extraños. Todos han tenido resultados sorprendentes, muy a menudo sus vidas han cambiado, no importaba que fueran por dolencias físicas o emocionales.
Ahora tengo treinta y un años y he descubierto la paz interior. He traído al mundo a dos hermosas niñas y peso lo que pesaba en el instituto. Como todo lo que quiero ¡y no hago ningún ejercicio vigoroso desde hace tres años!. Me siguen gustando los dulces y a menudo me tomo un pastel para desayunar sin culpa alguna.